Cuidá tu presentación todos los días. Vestite bien, arregláte como si fueras a una fiesta. La vida es una fiesta. No te encerrés en tu casa ni en tu habitación. Nada de jugar al enclaustrado o al preso voluntario. Salí a la calle o al campo de paseo. El agua estancada se pudre y la máquina inmóvil se enmohece. Amá al ejercicio físico. Un rato de gimnasia, una caminata razonable, dentro o fuera de tu casa. Contra la inercia, la diligencia. Evitá gestos de viejo derrumbado,la cabeza gacha, la espalda encorvada, los pies arrastrándose. Que la gente te diga un piropo cuando pasás. No hablés de tu vejez ni te quejés de tus achaques. Con eso vas a acabar por creerte más viejo y más enfermo de lo que estás. Nadie quiere estar oyendo historias de hospital. Dejá de llamarte viejo y de considerarte enfermo. Cultivá el optimismo por sobre todas las cosas. Al mal tiempo buena cara. Sé positivo en los juicios, tené buen humor en las palabras, se alegre con la cara, amable en los ademanes. Se tiene la edad que se ejerce. La vejez no es cuestión de años sino de un estado de ánimo. Sé útil a vos mismo y a los demás. No sos un parásito ni una rama desgajada voluntariamente del árbol de la vida. Bastáte hasta donde sea posible y ayudá, con una sonrisa, con un consejo,con un servicio. Trabajá con tus manos y con tu mente. El trabajo es terapia infalible. Cualquier actitud laboral, intelectual o artística. La medicina para todos los males es la bendición del trabajo. Mantené vivas y cordiales las relaciones humanas. Las que anidan dentro del hogar, integrándote a todos los miembros de la familia. Ahí está la oportunidad de convivir con todas las edades, el perfecto muestrario de la vida. Después, ensanchá el corazón con tus amigos, con tal de que no sean sólo viejos como vos. Rajá del bazar antigüedades. No pienses que todo tiempo pasado fue mejor. Dejá condenar a este mundo y de maldecir tu momento. Alegráte de ser parte del mismo y de poder ver muchas cosas lindas y nuevas. ¡Y no te olvides de reír para mantener la salud! (Fuente:http://comandoamelia.blogspot.com.ar/)
A 31 años de una locura iniciada por asesinos de la sociedad que enviaron al frente a miles de chicos argentinos, a pelear contra las mayores potencias mundiales. Una locura que se cargó con muchas muertes y que hoy lloramos. El derecho legítimo sobre la tierra se seguirá reclamando por las vías diplomáticas y pacíficas. No a la guerra. Las Malvinas son argentinas. En memoria de aquellos pibes, no debemos olvidar. (MPST).
"Mágica" es un cortometraje sobre la donación de órganos. Que cuenta con el apoyo del INCUCAI, y las participaciones de la actriz Celina Font, la periodista Cristina Perez, el periodista Adrian Puente, la actriz Camila Sosa, el pintor Claudio Baldrich y la musica de Sandra Mihanovich y Vane Mihanovich. http://www.morafilms.com.ar
Ismael Serrano fue
homenajeado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
El músico fue reconocido en el marco del programa cultural que destaca
figuras de la música popular, que dedicaron parte de su obra a la Ciudad.
La baldosa está ubicada en avenida Callao al 1397, y tiene escrita la letra
de “Buenos Aires 2001”, canción que Serrano compuso y que
recorre imágenes y recuerdos de la Ciudad en los días en que Argentina se
encontraba inmersa en una grave crisis económica y social.
“Esta canción ha sido una declaración de amor a una ciudad
que yo quiero y que me ha dado mucho y fue escrita en una época en la que aquí
pasaban cosas muy difíciles”, contó Serrano.
♪Buenos Aires 2001♪
Mis manos y estas calles son láminas de hielo. Te busco perdido por San
Telmo, colgado de los cables que unen los tejados. La lluvia cae como una vieja canción de los Stones, como el ángel que
empujaron de un avión.
Y siempre es jueves en la Plaza de Mayo.
Te busco tras el vaho de un cristal del colectivo y, en la cena, los
malvados de mis amigos me preguntan una y otra vez por ti.
Y caen los rostros en los charcos de Corrientes, bajo hojas secas guarda
sus sueños la gente. Y en la tormenta, senadores que escapan, cristales
rotos frente a la Casa Rosada.
Los autos pasan lentos como una manada de elefantes, en lo oscuro una
mujer me ofrece mate y Charlie salta por mí desde un rascacielos.
Hoy Boca gana y una joven que me recuerda a ti hace las maletas. El FMI te
desnuda en el peor invierno.
Hoy te he dejado grabada esta ciudad en el contestador. De fondo se oye,
cada día canta mejor, siglo veinte, cambalache, problemático y febril.
Y tarareas una canción de los Redondos.
Hoy iré al río, te buscaré en el
fondo. Mafalda juega a la guerra nuclear.
Cada semana, una novedad. La última, fue que la pizza previene el cáncer de esófago. Esto es muy gracioso. El tomate previene esto, la cebolla previene aquello, el chocolate hace bien, el chocolate hace mal, un vaso de vino diario no da problemas, cualquier trago de alcohol es nocivo, tome agua en abundancia, pero no exagere...
Ante esta profusión de descubrimientos, encuentro más seguro no cambiar los hábitos. Sé perfectamente lo que hace bien y lo que hace mal para mi salud.
El placer hace mucho bien.
Dormir, me deja cero kilómetro.
Leer un buen libro me hace sentir nuevo.
Viajar me pone tenso antes de salir, pero después rejuvenezco unos cinco años.
Los viajes en avión, no me hinchan las piernas, me hinchan el cerebro, vuelvo lleno de ideas.
Pelear, me provoca arritmia cardíaca.
Ver a las personas teniendo arranques de estupidez, me da náuseas.
Ver a la gente tirando latas de cerveza por la ventanilla del auto, me hace perder la fe en el ser humano...
Y las noticias… los médicos deberían prohibirlas. Cómo duelen...
Caminar hace bien, enamorar hace bien, bailar hace bien, quedarse en silencio cuando una discusión se vuelve acalorada, hace mucho bien: usted ejercita el autocontrol y aún más, al otro día se levanta sin sentirse arrepentido por nada.
Levantarse en la mañana, arrepentido de lo que se dijo o se hizo ayer, eso sí es perjudicial para la salud.
Y pasar el resto del día sin coraje para pedir disculpas, peor todavía.
No pedir perdón por nuestros errores, da cáncer, guardar penas, ser pesimista, tener preconceptos, o ser falso moralista, no hay tomate ni mozzarella que lo arregle.
Ir al cine, conseguir un lugar central en las filas del fondo, no tener nadie que moleste su visual, ningún celular que suene y que la película sea espectacular,¡GUAU!
El cine es mejor para la salud que las palomitas de maíz.
El ejercicio es mejor que la cirugía.
El humor es mejor que el rencor.
Los amigos son mejores que la gente influyente.
Economizar es mejor que deber.
Preguntar es mejor que dudar.
Soñar es lo mejor de todo, es mucho mejor que nada.
Que tengan buen día y mejor semana.
…………………………………
Luis Fernando Veríssimo, es un escritor y periodista brasileño conocido por sus crónicas y textos de humor, especialmente referidos a la satirización de las costumbres.
Gracias amiga Teresa Di Laudonio, por enviarnos este texto.
¿Nació acá o nació allá?, quien sabe... Nació en una o en otra orilla, ¿qué más da? Eso no importa, no interesa, yo lo escuché acá. Porque, paseando por San Telmo, por Barracas, ni te cuento por Pompeya o por Boedo, el sonido del bandoneón, los violines y las guitarras traen un tiempo de guapos, de amores perdidos, de tristezas de puerto, de penas por engaños....
Nació acá o nació allá, quien sabe... Pero yo lo escuché acá, en la gran ciudad. Por él me enamoré de la Mireya, descubrí a Discépolo, admiré a Julio Sosa. Por él lloré con el morocho cantando volver, por él supe que 2 x 4 era la fórmula ideal para ceñir una cintura y sentir su respiración.
¿Nació acá o nació allá? quien sabe... Igual ya no me interesa, es como si fuera de mi propiedad. Es que lo escuché mucho tiempo por la radio, lo sentí salir de los labios de mi papá.
Y ahí sí que el tango sonaba a tango, a tango de verdad...
El miércoles 7 de diiembre visitamos la muestra fotográfica "Rock Seen", con las fotografías de Bob Gruen, denomonado el fotógrafo del rock internacional.
Una muestra imperdible en el Centro Cultural "Jorge Luis Borges", que no tendrías que perderte.
La finalización de la exposición es el 15-1-2012.
Te vas a encontrar con increíbles fotografías de John Lennon, Elvis Presley, Sex Pistols, Kiss, Tina Turner, Elton John, Prince, Rolling Stones y muchos más.
La muestra fue organizada por A.T. Creaciones, a través de Aleksandra Telezynska, a quien invitamos a nuestro programas, en la primera o segunda semana de enero de 2012.
Este es un adelanto que solo te da "Mañana puede ser tarde".
Transitando sinuosos caminos entre Dios y el Diablo, el carnaval del mundo se burla de los seres humanos y nos obligan a patear tachos como símbolo de una profunda reflexión.
Se fue Facundo Cabral, los sentires son de pena y pesar.
Haciendo memoria, el mundo estaba tranquilo cuando yo nací, preanuncio de acuerdo tácito por el cual y por entonces, lo Cortez no quita lo Cabral.
Podía soñar que podía describir aquel cuaderno de Facundo, el de niñez triste y solidaria, sin edad y sin porvenir.
Eran momentos de volar bajo, sin estridencias. En su música y sus versos estaba la verdad.
Pero el hoy nos pesa y nos marca.
Lamentablemente, cabralgando entre el feriado por la independencia y la veda electoral, la infausta noticia del nuevo día hacen que los recuerdos de otro recobren la vigencia quizás no reconocida con el personaje en vida.
Suele ocurrir.
Esta jungla desenfrenada de hoy, marcada por sicarios y corruptos, son la muestra fiel del mejor paraíso a la deriva que el derroche de cualquier noticia trágica pudiera traer.
Pero como siempre señores, la obra queda. Cantar, solo cantar, era su predilección.
Se fue un hombre de siempre, que siendo trotamundo por necesidad y librepensador por convicción, contaba sus secretos como las mejores anécdotas que alguien pudiera interpretar.
Ser feliz era su color de identidad.
Las golondrinas, las malas señoras y las flores, de gira por el mundo, perdieron a su referente. Borges, a un gran interlocutor.
Las letras y la música un juglar.
Ahora, en contrapartida, ya es un poco de todos.
La luna se moría de ganas de pisar la tierra. Quería probar las frutas y bañarse en algún río.
Gracias a las nubes, pudo bajar. Desde la puesta del sol hasta el alba, las nubes cubrieron el cielo para que nadie advirtiera que la luna faltaba.
Fue una maravilla la noche en la tierra. La luna paseó por la selva del alto Paraná, conoció misteriosos aromas y sabores y nado largamente en el río. Un viejo labrador la salvo dos veces. Cuando el jaguar iba a clavar sus dientes en el cuello de la luna, el viejo degolló a la fiera con su cuchillo; y cuando la luna tuvo hambre la llevo a su casa. "Te ofrecemos nuestra pobreza", dijo la mujer del labrador, y le dio unas tortillas de maíz.
A la noche siguiente, desde el cielo, la luna se asomó a la casa de sus amigos. El viejo labrador había construido su choza en un claro de la selva, muy lejos de las aldeas. Allí vivía, como en un exilio, con su mujer y su hija.
La luna descubrió que en aquella casa no quedaba nada que comer. Para ella habían sido las últimas tortillas de maíz.
Entonces iluminó el lugar con la mejor de sus luces y pidió a las nubes que dejasen caer, alrededor de la choza, una llovizna muy especial.
Al amanecer en esa tierra habían brotado unos árboles desconocidos.
Entre el verde oscuro de las hojas, asomaban las flores blancas.
Jamás murió la hija del viejo labrador. Ella es la dueña de la yerba mate y anda por el mundo ofreciéndola a los demás.
La yerba mate despierta a los dormidos, corrige a los haraganes y hace hermanas a las gentes que no se conocen.
("Memorias del Fuego"-Eduardo Galeano)
Un poco antes de la primavera y entrado agosto, empezaba. Todos los años esperábamos ese sábado. Junto con la llegada de las primeras mariposas y cuando ya los árboles empezaban a dar señales verdes.
Y cuando se acercaba la época de los vientos, ésos que intentan acomodar a los árboles, moviendo sus copas de un lado hacia el otro, se acercaba también esa época, la de los barriletes.
En la semana habíamos pasado por el kiosco-librería del ‘cieguito’, como familiarmente llamábamos al dueño, a comprar el papel barrilete y los ovillos de hilo de algodón.
Granada, ése era el modelo que más nos gustaba. Era mitad estrella arriba y mitad bomba abajo. Siempre mitad celeste y mitad blanco, con los flecos blancos y celestes.
Ese sábado comenzaba temprano. Había que salir en busca de una caña.
Como en el barrio abundaban los terrenos baldíos y la caña crecía bastante, era cuestión de ir temprano, saltar la tapia y, con cuidado, tirar de alguna caña no muy verde. Ése era el secreto de las cañas, porque sino, pesaba mucho. Cuanto más sequita, más liviano el aparato.
La pelábamos, le sacábamos todas las hojas que la envolvían y la llevábamos al galpón, en casa.
Ahí papá medía los noventa centímetros y cortaba la caña.
Con una cuchilla filosa, desde el medio la partía en dos y, a su vez, a cada mitad, en otras dos.
Le pasábamos a cada trozo una lija fina para que no rompiera después el papel.
Luego venía la unión. En el medio de las cañas había que colocarle, muy cuidadosamente, un clavito que las uniera. Terminado esto se le pasaba entre medio de las cuatro varas, el hilo. Bastante para tenerlo tenso. Antes de lograr la dureza justa, se acomodaban las cañas de tal manera que quedaran lo más proporcional posible.
Ahora nos tocaba a nosotros con un cuchillito, hacer una hendidura en las ocho puntas del armazón y en las cuatro que iban a estar arriba, una hendidura un poco más abajo, para pasar el hilo y unir, primero todas, cortar y anudar; y luego, la parte superior, que sería luego la estrella, intercalando el hilo entre las cañas, unas unidas, otras no.
Hecho esto, nos íbamos a la cocina. Limpiábamos la mesa de la cocina, desplegábamos el papel barrilete. Con el engrudo que hacíamos, le pintábamos los bordes a cada color y los uníamos, quedando un gran cuadrado sobre la mesa.
Había que esperar que se secara. Y el engrudo tardaba.
Ufa, cuanto tiempo pensando como remontarlo y cuanto tiempo esperando que el viento no se calmase.
Una vez seco, apoyábamos el armazón de cañas y le dábamos la forma de granada: estrella en la mitad de arriba, bomba en la mitad de abajo, siempre siguiendo el hilo y dejando un pequeño margen para poder pegarlo, ahí empezábamos a cortar.
Cortadito se procedía a la pegatina con el engrudo de nuevo, tratando de no mojar mucho para que no destiña el papel celeste.
Y, como había que seguir esperando para que se seque, empezábamos con los flecos, armando tiras de diez centímetros de ancho y veinte, más o menos, de largo. A cortar como si fuera un flequillo y a pegarlo en los bordes.
Quedaba armar la ‘cola’ para que después tuviera estabilidad en el aire. Había que cortar lonjas de trapo e ir uniéndola, nunca más de dos metros. Siempre sacrificábamos una sábana vieja. Ésa era la tela adecuada para la ‘cola’, livianita y fácil de anudar.
Cuando pasada media hora, el objeto quedaba sequito, venía papá para hacer la logística.
Los tiros del frente, tres, y los de la cola, dos. Medía y medía, hacía nuditos, deshacía nuditos. La cola bien balanceada. Unión con el resto del hilo que nosotros habíamos atado a un palo de paraíso y habíamos enhebrado cuidadosamente, dándole vueltas al palito para que no se haga ‘galleta’. Si se armaba ‘galleta’ (varios nudos con el mismo hilo, difícil de desenhebrar), se lo llevábamos a la abuela Fran, ella, con su paciencia, desenredaba y desenredaba.
Bueno, hasta acá todo el armado y confección del barrilete.
Ahora que, afinando los oídos sentíamos mover las hojas de los árboles, nos íbamos a la terraza de casa.
Antes que nada, ver para que lado soplaba el viento.
El humo que salía de la chimenea del Hospital Alfaro, nos permitía saber para que lado se tenía que poner uno y otro.
Y ahora, la parte más emocionante: tratar que levante vuelo y, lo más difícil, que se mantenga en el aire.
Ya, de temprano, desde otras terrazas se podían ver otros barriletes, algunos de colores, otros simplemente de diario, porque, aunque no lo creas, el papel barrilete no era de un alcance tan popular. Se hacía lo que se podía, pero éstos, los de diario, pesaban mucho y no levantaban tan fácilmente como los hechos en papel barrilete.
Ahí empezábamos con los sorteos y ver quien sostenía el barrilete y quien daba la orden para que levantara vuelo.
Que vos, que yo, que así no vale, que primero vos pero si no levanta me toca a mí, hasta que tomábamos la decisión.
Uno pegadito bien a una punta de la terraza. El hilo por sobre las sogas donde mamá colgaba la ropa.
El otro en la otra punta, con el barrilete tomado del medio del armazón, arriba de un banquito y en puntas de pie, esperando la orden.
¡‘Largalo!’
Y si tenías suerte y no se bandeaba, el tipo se elevaba. Si se caía, perdiste. Le toca al otro.
Cuando lográbamos hacerlo volar, empezaba el rito de recoger y largar, hacer la comba para que no colee, aflojar, combear, recoger de nuevo. Ése era el juego para mantenerlo en el aire. El dedo índice, por donde se desplazaba el hilo, te quedaba marcadito de tanto ir y venir.
Si coleaba, había que recoger. Uno recogía y el otro hilvanaba el hilo, con las vueltitas alrededor del palito, todo por el tema de la galleta…
Lo bajábamos y le poníamos más cola, para que, el peso hiciese que tuviera más estabilidad.
Obviamente no faltaba la vez que, con tanta panza (una ‘panza’ es cuando se forma una curva en el hilo, entre unos metros de tu palito y el barrilete) y tocaba con los cables de luz. Ahí había que bajar de nuevo y rearmar los tiros con nuditos ya que el problema estaba ahí.
Lo más lindo era mandarle los mensajes que, una vez llegado al palito, o sea, al fin del hilo, se escribía algo en una hojita de papel, la agujereábamos al medio y ‘caminaba’ por el hilo mientras combeabas.
Lo más feo, cuando, se colgaba el barrilete en algún árbol vecino. Ahí necesitábamos a papá Tarzán, siempre dispuesto a treparse para recuperar, aunque sea, el armazón y volver a empezar.
Lo inolvidable, todo. ¿Para qué mentir?
Lástima que también sea lo irrepetible.
Hoy, más de dos décadas después, miles de hogares fueron invadidos por computadoras y televisores.
Antes miles de barriletes coloreaban el cielo, ese cielo donde Dios, con su aliento mantenía en alto nuestras ilusiones.
Hoy los chicos necesitarían mirar más y más al cielo y tratar de llenarlo de colores, quizás no de barriletes pero ya ésa, es una cuestión de ellos. Lo nuestro ya fue historia y lo más importante, fue vivida.
Ellos tienen el poder para crear fantasías. Son esas fantasías que no te regala, quizás, un paintbrush o un photo-shop. Son las que se deben arrancar del corazón.
Dios me bajó en un barrio de Lanús. No sé la causa, no sé el porqué pero no discuto ni desapruebo, es más, adhiero y agradezco.
Quiso la vida que naciera sin gas natural, que el agua fuera corriente, salada y no potable, que la luz se cuidara, que no hubiera teléfono. Eso no me frustró ni me condicionó.
Quiso también que creciera entre potreros, clubes, pelotas de goma, figuritas, el Club del Clan, Beatles y rock'n'roll.
Y la mano divina me otorgó algo maravilloso: los amigos del barrio.
Algunos conservo y espero que por mucho tiempo. Otros, sencillamente los perdí, volaron hacia otro barrio y solo me dejaron eso: su vuelo.
Juntos aprendimos que no había mariposa que se resistiera a la rama de paraíso y ésa era la violencia extrema ejercida en equipo; que la compra de una pelota de goma y su uso posterior era la invitación a la cooperación solidaria; que la escondida en los terrenos deshabitados era el inicio de la aventura; que el carnaval representaba una lucha de sexos; que las bicicletadas era la invitación al turismo callejero; que algún vecino malparido nos devolviera la pelota pinchada o cortada a la mitad constituía la masificación del odio y que el barrilete se elevara en un agosto ventoso, simulaba las alas de nuestros sueños.
Las veredas anchas con pasto al final y debajo la zanja oscura y verde, ésa que manchaba la ropa pero que era nuestro arroyo; el tren era esa inmensidad que movía casas y ensordecía al pasar.
Por la mañana se oía desde el afilador al diariero. Por la tarde el heladero en días de calor y el pochoclero cuando el frío se notaba en la nariz. De noche los carros arrastraban su miseria arriando algo servible entre lo inservible. Era lindo mi barrio… pucha que era lindo…
En los días en que regreso, porque siempre se regresa, yo adulto y él algo cambiado, siento que los mosaicos rústicos vuelven a tomar vida, generan ese calor veraniego, que las moras vuelven a mancharlos y que las casas empujan a los vecinos a barrerlos.
El barrio, querido amigo, es ese lugar donde el tiempo se detuvo para vernos pasar, es el único capaz de volvernos niños otra vez. Es quien conserva nuestra historia y nuestros sueños y a veces me pregunta: ¿volverás algún día, es verdad que volverás?
La sarta de cunas transparentes con su etiqueta rosada o celeste identificando el sexo, se agrupaban de a cuatro en fila en la sala. Las ubicaciones estaban ocupadas casi en su totalidad.
Marcelo percibía quien era Miguelito, más por corazonada que por conocimiento.
No pudo llegar a tiempo al nacimiento de su primer hijo. Uno de los tantos cortes piqueteros se lo impidió y, por más que puteó a un par de ogros escondidos tras un pañuelo en el rostro, no lo dejaron pasar. Se había desencadenado rápido el trabajo de parto y, a pesar que llegó transpirando al hospital, no pudo presenciar el milagro del amor.
Averiguó por Laura y supo que estaba bien. Lo dejó tranquilo eso y entonces se acomodó delante de la ventana y esperó impaciente que corrieran la cortina.
Cuando la corrieron, él intuyó que la tercer cuna de la derecha en la primer fila hacia el vidrio, ése era Miguelito.
La enfermera se asomó por la sala y lo vio a Marcelo con la ñata apretada contra el cristal. Le hizo un gesto que aguardara.
Marcelo no le prestó atención. No podía distraer la mirada de ese bebé inquieto.
-¿Cómo explicarte? ¿Cómo encontrar las palabras adecuadas? ¿Cómo evitar no caer en el facilismo? ¿Cómo explicarte un sentimiento? ¿Cómo hacértelo carne? ¿Cómo evitar que no me roben tu corazón? ¿Cómo saber si me estás escuchando…?
Marcelo se hacía todas estas preguntas detrás del vidrio tibio, tan cerca que su nariz provocaba nubes con la respiración.
-Ya sé. Voy a decírtelo de a poco para que lo digieras. No apuraré el expediente y dejaré que mansamente me puedas entender.
Miguelito dormía con sus brazos hacia arriba. Cada tanto meneaba su cabeza y pateaba levemente hacia los costados.
-Pero la pucha... ¡como se mueve este pibe…! Si sale derecho el segundo nombre va a ser Lisandro y si sale zurdo Rubén, aunque con las manos así…hummm... Ubaldo Matildo no me gusta y Pato no me lo permiten los ogros del registro civil... Má si… sino te pongo Agustín y listo.
Conjeturaba e imaginaba situaciones cuando vio que dos brazos se apoderaban de Miguelito. De una manera magistral, la enfermera lo trajo hacia él y ya no quedaron dudas.
Al acercarse al vidrio y colocarlo casi en forma vertical frente a su padre, los ojos de Miguelito se abrieron.
El corazón de Marcelo se paró cuando esos ojazos azules lo miraron. Maldijo no poder detener la humedad de sus ojos. Se los refregó una y otra vez para ver mejor.
No pudo emitir palabra alguna. Se lo escuchó apenas decir "te quiero"…
Un brazo le rodeó la espalda. Era su madre quien le apoyó la cabeza en su hombro.
-¿Viste vieja? ¡¡Parece que heredó los ojos azules del viejo!! Dijo Marcelo apretando una pequeña camiseta de Racing en su mano derecha y un ramo de rosas blancas en la izquierda.
Ella solo atinó a decir:
-¿Sabés? Vos eras igualito… Se le acercó al oído y le canturreó una estrofa del Nano: “…a menudo los hijos se nos parecen, así nos dan la primera satisfacción…”
Entre sierras y árboles, aromas de flores
y un ruido de aguas que serpentean cerca,
provoca frescura al chocar contra las rocas.
Poco a poco la vista se acostumbra.
La luna, toda llena de luz,
destaca la copa de los árboles,
refleja las piedras grandes del río.
Las cumbres se iluminan.
Es noche de verano pero fresca,
las ranas croan al cielo, el revoloteo de algún pájaro
que cruza la oscuridad y se pierde,
el chirrido de una puerta que se abre, el pasto que cruje.
Todo se conjuga. Nada desentona.
En eso siento tu mano aferrar la mía.
Tu aliento me sonroja, tu perfume me invade,
tu presencia me libera, tu cuerpo me provoca.
Junto a mí. Junto a ti. Juntos así. Y cuando en un beso
nuestras almas se encontraron,
barrieron los ángeles las estrellas y apagaron la luna
Transcurrían los 70 con la velocidad que solo se siente en la adolescencia. El acné prominente, el pelo un tanto excedido pero a tono con los tiempos que corrían y la música… ahh la música...
Era la que te movilizaba, la que te elevaba, la que te enamoraba o te deprimía el espíritu.
Una mezcla de los Beatles, los Bee Gees, los Stones, el Sótano Beat, Alta Tensión, Musica en Libertad… algo que invariablemente se desvanecía bajo la púa metálica del viejo tocadiscos.
Y los sábados eran sábados de punta a punta. Disfrutábamos con los aprontes para el ‘asalto’. Toda la semana planificábamos nuestro evento.
Desde el pupitre del secundario armábamos la lista. Que ésta puede, decile a aquella que no pasa de este sábado y me la levanto, que no te olvides de los lentos!!, que no puede faltar el Rosko show, que Pato C, que Creedence, que….
Tantas recomendaciones y anuncios, hacían que la adrenalina el sábado fuera altísima.
“Las mujeres la comida y los varones la bebida” y “a las nueve arrancamos…” eran las consignas ineludibles.
Cuando elegíamos mi casa, el lugar era el cuarto de la terraza, un 4 x 4 amplio, dos ventanas y algunas cosas que había que correr.
El sábado arrancábamos vaciándolo y subiendo el tocadiscos. También los long-plays a escuchar, separando cuidadosamente los de tango y folklore que pertenecían a los viejos. “Esos no se tocan…” era la orden.
Las cuatro latas de aceite de un litro vacías con el fondo agujereado y un portalámpara con una lámpara de cuarenta watts, tapadas con papel celofán de color, daban el aspecto ‘disco’ al lugar.
A las ocho en punto casi todos los varones estábamos. En la terraza armábamos la mesa y distribuíamos las gaseosas equilibradamente.
La música la poníamos suave para que estallara cuando correspondiera.
A las nueve comenzaba a caer el séquito femenino. Los murmullos de un lado y del otro arrancaban al unísono. Las empanadas, tartas y demás corrían de un plato al otro.
A las diez y media sonaba el primer tema gancho y todos adentro a bailar.
Los primeros acordes de “Apróntate” con un comienzo lento hacía balancear los cuerpos y exactamente a los dos minutos veinte el ritmo de ese tema se nos metía en la sangre y el mosaico recibía el lustre merecido de unas cuantas suelas.
El rock, el twist, el ‘movido’ y por último, los lentos…
Todo se preparaba de antemano y sabíamos que tenía que ser fulminante el primero. Y así era. “When a man loves a woman” resultaba siempre el elegido.
Allí las luces blancas se apagaban y quedaban solo las de las latas que, distribuidas en cada ángulo del cuarto, propugnaban un ambiente más romántico.
Estaba aquella pareja ya casi formada, estaban los que ‘planchaban’ y también estabas vos…
Desechabas invitaciones menos cuando mi mirada atravesaba la casi oscuridad y se confundían con tus ojos. Me acercaba y tomaba tu mano. Allí era cuando todo cambiaba. El mundo era solo tuyo y mío, el solo contacto de mis manos en tu cintura me elevaba al cielo estrellado, sentir tus manos en mi hombro y que, cada tanto, se movieran, simulaban una caricia, y tu perfume, lo llegaba a olfatear cuando tu sien se apoyaba sobre la mía. Mirá, lo recuerdo y me empieza a revolotear el adolescente que nunca murió.
Todo terminaba cuando alguno de los que ‘planchaba’ cambiaba el ritmo por algo ‘más movido’.
Los ojos de las parejas se posaban indefectiblemente sobre la humanidad de aquél, pero no había rencores. La consigna era esperar a la segunda tanda y si no había, al sábado que viene, donde el lugar y algunos invitados podían cambiar.
Lo que no cambió fue tu mirada y la mía y aquella música que, cada vez que la escucho, ahora en un compact o en el reproductor de mp3, no dejo de conmoverme, no dejo de recordar que todo tiempo pasado fue mejor, sì que fue mejor… sin lugar a dudas...
Recibimos electrónicamente la carta del nieto de Nélida, nuestra ilustre invitada que todos los días tiene en mente una sola cosa: ayudar a los demás.
Gracias Fernando por tu texto y gracias Rosana por enviárnosla.
"El Nico”, como se lo conocía familiarmente en su barrio, andaba siempre de zapatillas de lona, pantalón gastado y con una camiseta de la Academia, sucia y vieja pero no por eso, inseparable.
Había nacido en Lanús, hace unos diez años atrás, en una salita de barrio de la calle 25 de Mayo. No llegó a conocer a su padre por esas cosas que la vida de un chico no podía entender pero sí tuvo la fortuna del amor inseparable de su madre.
Nico tenía su orgullo intacto, casi como su destino. Lo rodeaba la pobreza pero no la miseria. Su madre, María, trabajaba arduamente para que el Nico tuviera un estudio y no fuera nunca un pobre pibe aunque, por ahora, no pudiera evitar que fuera un pibe pobre.
El Nico era un pibe de carácter. No permitía ciertas cosas en su corta vida. Que la traten mal a su madre, a su maestra o a su Racing querido.
Iba a la escuela número 60 de Villa Diamante. Siempre se lo veía de punta en blanco, mucho antes que abriera la escuela, esperando para entrar.
El delantal lo trataba de conservar, como podía, lo suficientemente higiénico del lunes al viernes, día donde María, por la noche, ponía todo su amor en quitarle manchas de tierra, de biromes y otras indescifrables. Era un guardapolvos heredado de la casa donde trabajaba María y que su dueña iba a tirar.
-Démelo para El Nico. Es el talle justo!!
Mentía pero sabía que con unas puntadas y un par de pinzas, salía andando para su hijo.
Nada le impedía al pibe que cada semana fuera a aprender. Tenía ganas El Nico. Descubría un mundo diferente cada día de la voz de su señorita. Le dolía cada paro de docentes, no tanto por los 3 pesos que le llevaba el viaje sino por no verla. ¿Será verdad eso del amor infantil no correspondido?
Los sábados escapaba al club del barrio a jugar al fútbol en una canchita de cinco. Los potreros del que había escuchado en varias charlas, pertenecían al pasado. Y los domingos esperaba en la puerta 13 del Cilindro cuando Racing hacía de local, para terminar colándose detrás de algún padre que se arrimaba a ver el partido con su hijo. Luego se perdía en la inmensidad de la tribuna. Le encantaba el arrullo del canto de la hinchada, el balanceo, el calor, los colores le traían felicidad a sus ojos, el olor a hamburguesa asada le hacia humedecer la boca pero él se extasiaba con el verde donde algunos duchos y varios troncos daban al espectáculo inicio y fin.
María sabía que él iba a la cancha. No se lo impedía pero le pedía cuidado. No podía ofrecerle diversión y él se sabía satisfecho. Confiaba en su suerte. Confiaba en su hijo.
Pero lo que le llamaba más la atención al Nico eran los domingos que Racing jugaba de visitante. Él igual se arrimaba al Cilindro. Lo dejaban entrar y su recorrido era siempre el mismo. Del hongo a las piletas, una vueltita por la cancha auxiliar y luego al estadio.
El silencio atronador, tanto como el grito de la hinchada, le gustaba. Se sentaba en una platea del medio, arriba de las cabinas de transmisión. Apoyaba la cabeza entre las manos y éstas sobre sus rodillas. Miraba el centro del campo y soñaba.
-El día que pise ese pastito, la cancha va a estar llena, estoy seguro. Voy a entrar por el costado, entre papelitos y serpentinas, al trotecito y con toda la emoción encima. Desde el medio, saludaré a un arco primero y a éste asiento después. Mi mamá seguro me va a estar acompañando...
Partí para mi barrio en busca del calor humano indispensable.
Caminé hasta aquella esquina, donde el barrio pegaba la vuelta para perderse aún entre zanjas, potreros, barriletes y pelotas.
Apoyé mi espalda sobre la pared caliente por una tarde que recién iniciaba. Éstas no son cuestiones de células sino del corazón...
Encendí un cigarro, miré la tierra, el cielo, cerré los ojos mientras el humo me envolvió. Pasaron por mi cabeza vecinos, amigos, Magdalena, Juan, Pedro, Waldemar , Johnny Cartucho... y hasta vos... vos y yo ¿cuántas veces nos dijimos hasta mañana? Si aún hoy dibujo tu nombre...
Como un canto a la ternura, muchas imágenes de aquellos tiempos se cruzaron y como en un mundo de fruta encendida, manso y tranquilo me dejé llevar.
Reconocí al afilador y su silbato, al heladero batiendo su “palito, bombón y helado”... hasta me pareció escuchar el chirrido de aquel Falcon verde que apareció esa noche solo para asustarnos y que mi padre no sabia que no era a mí a quien buscaban.
Mi viejo, querido viejo, siempre decía ¡que se vayan ellos! Basta de botas! Yo quiero para mi país algo mejor... Pero no llegó a verlo y se murió en el sueño de los justos, esos que soñaron un lugar mejor. Nada más que un hombre común. Me declaro culpable por no haber sido lo suficientemente valiente, por eso ahora odio a la señora violencia y ya, mi viejo corazón solo sabe de libertad.
Soy un hombre que viene y que va, vivo en el jardín de los sueños e imagino siempre un país mejor, en libertad.
Ya con la piel cansada de la tarde, me erguí y caminé para ningún lado pensando:
-Qué generosa sos mi tierra que me permitís volver a las raíces, a sentir nuevamente miedo niño y recordar la canción de la abuela, aquella que me enseño como saber lo que es crecer...
La laguna de Epecuén es un espejo de agua perteneciente a la cuenca del sistema de las encadenadas del Oeste, en la provincia de Bs As, Argentina. Carhué es cabecera del partido de Adolfo Alsina.
La Villa Epecuén, se encontraba a orillas del lago que lleva su nombre. El agua de este particular lago, rica en magnesio y con grandes concentraciones de salitre (a un nivel similar al Mar Muerto), poseía propiedades curativas y fue rápidamente descubierta fomentando un gran comercio y turismo que dependió de los caudales, no muy frecuentes del lago.
Se cuenta que el cacique puelche Carhue ("Valle Verde ó corazón puro"), enamorado de Epecuen ("eterna primavera"), cura milagrosamente de una extraña parálisis al sumergirse en la gran laguna que formaron las lágrimas de dolor de su amada.
Conjuntamente con los balnearios que se instalaron en todas sus costas se fueron creando hoteles y la gente comenzó a radicarse y conformar una villa turística. De esta forma, comenzó un ritmo frenético de construcción de hoteles de categoría internacional.
Al lado de los hoteles comienzan a establecerse trabajadores y propietarios y así para 1930 la villa “Mar de Epecuén” o “Epecuén Ville” como se la nombraba, ya contaba con una iglesia en construcción, una escuela y todos los servicios de un pequeño pueblo.
A partir de allí la historia de crecimiento de la villa no cesaría: tres líneas ferroviarias tenían parada en Carhué y su lago. Las empresas promocionaban pasajes con descuentos, sumaban frecuencias y hasta instalaban oficinas de turismo en sus estaciones.
Villa Lago Epecuén llegaría a contar con 5.000 plazas hoteleras declaradas. Hasta el año 1985 eran alrededor de 250 establecimientos dedicados exclusivamente al turismo que en sus mejores épocas, es decir en los 70 sumaban 25.000 personas por temporada estival. En 1909 el Ministerio de Obras Públicas de la Provincia le da un respaldo científico-médico a sus aguas milagrosas. A partir de allí, el interés y prestigio fueron creciendo, y se comienza a vislumbrar un gran futuro para el Lago Epecuén. Varios pioneros y visionarios efectúan obras cuyo fin es dar a los bañistas confort y servicios. El ritmo de crecimiento se hizo frenético, se construían hoteles de alta categoría, balnearios imponentes y enormes residencias privadas, a la par de la instalación de empresas extractoras de sal, barro radioactivo, fábricas de jabones a partir del fango, etc.
Ya en los ’70 y bajo la tutela del municipio se encara un proyecto ambicioso y que daría el esplendor máximo a la Villa. Se diseña y construye un complejo que constaba de una gran pileta de agua dulce a sus orillas y una serie de vestuarios, duchas y confitería a la vera del lago.
Por obras realizadas en el sistema de Lagunas Encadenadas comienza a verterse agua al lago lo que hace que se deba construir en 1978 un murallón para contener el ingreso del agua al ejido. (El canal Florentino Ameghino costó u$s 30.000.000...)
Así a medida que aumentaba el agua se levantaba y consolidaba el terraplén.
Pero un domingo, un 10 de noviembre de 1985 el muro de contención que poseía más de 3.50m de altura, sucumbió y poco a poco fue sumergiendo al pueblo y su rico pasado.
Al cabo de 15 días el pueblo estuvo prácticamente sumergido por más de dos metros de agua.
La situación se intensificó y un par de años después el pueblo tenía más de 5 metros.
El pico máximo ocurrió en 1993 cuando en ciertos sectores del sumergido pueblo se midieron más de 10 metros.
Sus pobladores que la abandonaron se afincaron principalmente en Carhué debiendo comenzar allí una nueva vida.
Sus habitantes perdieron todo, los sueños de un negocio propio, fruto de la prosperidad, sus casas, escuelas, hospitales... pero sobre todo sus raíces, sus vidas. El pueblo quedo sumergido y en ruinas, no hubo estructuras gubernamentales que se hicieran cargo de la situación.
La constante presión de los inversores, preocupados por su dinero en las épocas de sequía, y el escaso interés del gobierno en controlar y administrar los caudales quisieron desafiar a la naturaleza. Se olvidaron del lugar que ocupamos en la Tierra, de nuestro rol aquí, y del cuidado que se debe hacer del ecosistema sino queremos que se vuelva contra nosotros. La ambición inundó Villa Epecuén.
Las familias fueron trasladadas a viviendas 5 veces mas pequeñas en otros pueblos o ciudades, quedando desamparadas, sin trabajo ni identidad, engrosando los cinturones de pobreza del país. No eran importantes. Ni ellas ni su situación laboral o habitacional.
El cementerio de la ciudad quedo totalmente sumergido y hasta hoy los vivos luchan por salvar las cenizas de sus seres queridos, contra las aguas y contra la indiferencia.
La mayoría de los pobladores iniciaron juicio al gobierno provincial. Algunos cobraron el 50 por ciento del valor de la propiedad y los que pudieron esperar recibieron lo que les correspondía, pero 15 años después. "Nos quedamos sin plata, sin casa y sin trabajo. Fue muy difícil. Se siente tristeza e impotencia porque se podría haber evitado.", lamentó Ricardo Zappia, un ex habitante, sentado sobre los escombros de lo que fue su hotel.
El pueblo permanece aun hoy, sumergido parcialmente, las aguas se retiran y dejan a su paso el recuerdo de lo que fue. Las ruinas emergen como una advertencia de la naturaleza a la humanidad.
Mientras tanto Carhué en 1989 ya pasado el shock, inicia su renacimiento.
El Lago Epecuén y sus propiedades renacen nuevamente.
¿Y si un día te das una vuelta?
Fuentes: www.mirandonoselombligo.blogspot.com
Escribirte... ¿quien lo hubiera pensado?
Dudé en hacerlo.
No sé, no sé la razón.
Tus recuerdos a borbotones
aún no me dejan pensar.
Solo me nace un sentimiento extraño,
de bronca, de impavidez, de sorpresa,
de dolor, de mucho dolor.
Fue todo muy rápido.
Sé que el día apaga sus luces en la noche.
Que los pájaros escapan del árbol
y solo queda el golpeteo de las hojas.
Que el tren parte de la vieja estación de madera
y en minutos se puebla de quietud.
Que el silencio precede a las catástrofes en muchos casos.
También descubrí que la lluvia agota sus fuerzas
con los primeros colores del arco iris.
Pero no creo en tu atardecer ni en tu partida.
No te fuiste, no me abandonaste.
Tu magia no se agotó.
Te convertiste en el ángel de mis ángeles.
El que no quiso serlo pero lo forzaron.
Hoy te evoco a tan poquito de tu partida
desde mi humilde lugar.
No me resigno.
La vida es un camino de ida y vuelta
y sé que alguna vez nos volveremos a encontrar.
Siempre te voy a recordar.